El 20 de Setiembre de mil ochocientos cuarenta, Domingo, a la una y media de la tarde llego la parca cruel a cortar el ultimo periodo de la vida al incomparable y nunca bastante admirado, el Exmo. Señor Dictador de la Republica del Paraguay Doctor D. José Gaspar de Francia Rodríguez su muerte tan repentina como inesperada, atónitos. Confusas y suspenses dejó los corazones de los habitantes de esta' Capital, pues cuando dudosamente el Pueblo percibía su indisposición, lo absorta, lo pasma, lo conmueve. Lo asombra, y lo arrebata, y finalmente lo aterra el funesto anuncio de su próxima inexistencia, y paso a la eternidad; las heridas campanas de los templos. Una tristísima agonía da improvisadamente aviso al público que el héroe de la America y su Soberano se halla en el trance, de dejado para siempre; el trastorno, la confusión en el instante se hace general. Los tristes lamentos resuenan por toda la Ciudad, el Pueblo todo corre en tropel a Palacio a cerciorarse de la verdad, de lo que se supone, sueño, o delirio. Jamás hay! no es ilusión, nuestro dictador camino ya a la región de la verdad; los primeros que llegaron, corren al encuentro a los por Cegar y estos esparcidos por todas las calles, y plazas, se desengañan mutuamente que ha llegado el aciago y terrible memento de su orfandad; aquí se renueva y aviva el llanto; la consternación se apodera de lodos los extáticos semblantes, y las lágrimas y sollozos dm un público testimonio indudable de ser verdadero su dolor: se interponían las clases. las edades: todo es confusión, llanto, gemidos y pesar: no se oyen mas que las roncas voces de los que tiernamente Lloran desconsolados tan inminente y sensible perdida. La posteridad mirará con asombro el tierno y filial cariño de este Pueblo Paraguayo a su incomparable soberano Francia, y negara ami dar ascenso a los públicos testimonies de sus máximos sentimientos. Esto sin intermisión dure creciendo cada momento más, y más, a medida que iba desimpresionándose de su primer arrobo. Y miraba palpable la realidad de perder para siempre la inestimable joya en que se miraba. Toda esa noche no se oyó
Mas que tristes lamentos en las amplias, y estrechas habitaciones de este dolorido Pueblo, que parecen querían sus moradores aliviar su pena con la copiosa vertiente de sus lágrimas, causando a los oídos el más lúgubre concierto (. . . .Roto. . . .) De enternecer a corazón de mármol. La aurora (. . . . Roto. .. .) Mirando tal conflicto, como si mostrara sentimientos ( . . .roto. . . .) ciaban aumentar acompañando con su riego, las tiernas lágrimas de estos desgraciados Republicanos. Todo ese día siguiente al de la muerte de nuestro héroe, las calles, las plazas y la mayor parte de las casas quedaron desiertas, y sus habitantes olvidados de si mismos, se mantuvieron constantes en circuito de Palacio entonando descompasadamente y con diversas deprecaciones los himnos de su fúnebre canto. El estruendo del cañón y los dobles de campanas tañidas a las doce de tan lúgubre día elevó a tal punto el general dolor que ya grandes y chicos, viejos y mozos de ambos sexos, y de todas calidades no siéndoles suficientes sus roncos ecos bajando los brazos daban golpes con sus manos tremoladas unas con otras, mostrando así su súbito sentimiento, publicando con esta demostración, lo que sus ahogadas voces sin percibirse ya de sus cansados pechos no podían publicarlo. Mas que diré del siguiente día tercero del fallecimiento de nuestro dictador, y el de su sepultura, aquí no se pudo mirar sin asombro el grado de abatimiento a que se entregaron, y menos hay voces capaces con que explicarlo, dejando a la consideración de los que no vieron la mas lúgubre y jamás vista escena en este suelo de la Asunción. El inmenso pueblo que la componía, el crecido numero de cantores y instrumentos músicos fúnebres cuyo tristísimo concierto lo sepulto en la imperceptibilidad los tristes lamentos del innumerable concurso, las militares tropas de distintos cuerpos, formaban numero siete
desde los umbrales del Palacio en dirección al templo de la Anunciación en dos alas guardando una amplia calle central, encerrando en su recinto el respetuoso féretro. El escuadrón de Lanceros, comandado por su dignísimo Señor Comandante Gabino Arroyo abrían la marcha; dos compañías de fusileros con sus respectivos oficiales cubrían las alas de Lanceros, precedía a estos el Escuadrón de caballería así mismo con sus oficiales correspondientes y a estos y que servían de escolta al féretro el Escuadrón de Granaderos guardia de honor, ambos regimientos con banderas enlutadas; en este centro de tan ordenadas y llorosas tropas caminaban las cruces, y ciriales de todas las iglesias tras estos los cantores, y músicos instrumentos; seguía en alas la respetable clerecía de sobrepellices con velas de transparente y blanquísima cera en las manos, y a estos la funesta arca en que iba encerrado el Augusto Cadáver, cargado en hombros de los señores Comandantes, y Jueces de Campaña, cubierto con un paño de fino y renegrido terciopelo, menos magnifico por su bordado cuanto por llevar sabre si las soberanas insignias del que yacía en su seno. El señor Presbítero Cura de la Catedral Casimiro Ramírez en el centro de los muchos revestidos oprimido de una hermosísima y riquísima capa magna entonaba el lúgubre entierro; cerrando el duelo el Señor Alguacil mayor, y el Señor Defensor de pobres y menores miembros de la Municipalidad; la distancia de las pos (. . . . roto. . .,) fue el de tres pasos poco mas o menos una de otra (. . . .roto. . . .) cada una de ellas dos horrísonas descargas de inf (….roto….) una, al bajar la tumba, y al elevarla en hombros la (.... roto. ., .) las que se continuaron por este orden en toda la marcha hasta depositar el Augusto Cadáver en el mausoleo labrado para su sepultura. El Señor Capitán de Artillería y Benemérito Comandante del primer
Batallón Agustín Cañete, dirigió el
cañón colocado, en la Plaza, teniendo bajo sus órdenes dos sargentos, algunos cabos, y muchos soldados Artilleros; resonó el formidable estruendo de dicho cañón al primer responso en Palacio, correspondiendo otro cañón colocado en la puerta falsa del Corralón que fue de Dominicos dirigido por el Subteniente Ciudadano Ramón Vera, con sargento dos cabos y diez y seis soldados.