martes, 16 de septiembre de 2008

Él, el Supremo (segunda entrega)


   (El 20 de septiembre se cumple el 168 aniversario de la muerte de El Supremo.)

Las propiedades y sus títulos en manos de inoperantes ya sean jerárquicos, simples funcionarios de gobierno o comunas fueron registradas a nombre del Estado y redistribuidas entre campesinos carentes que fueron severamente dirigidos y controlados para explotarlas concientemente, los que convertidos en usufructuarios-productores también debieron pagar sus impuestos nunca gravosos sino como método educativo para contribuir con gusto y solidariamente con las obras del Estado.

         Todas las medidas reestructurales que engrandecería evolutiva y revolucionariamente a un pueblo sencillo pero orgulloso no fueron tomadas en vano por el colonialismo, corriente mundial con fuertes alianzas en las clases altas y negociantes privilegiados. Por el contrario, esas doctrinas y sus agentes ya propugnaban la destrucción del Paraguay.

         En los 26 años de gobierno unipersonal francista no faltaron las conspiraciones que a su vez y a su tiempo fueron alentados por esas clases de españoles, pro-españolista porteño, portugués, ingleses y también yanquis.

         No se descarta, incluso ya la citamos al pasar, que internamente la clase alta, poderosa, aristocrática, una fuerte minoría, como en cualquier parte del mundo de ayer y de hoy, conspiraba contra la persona y las obras de Francia, incluso probadamente hasta 25 años después de su muerte (setiembre/1840).

         En verdad, españoles desalojados, descendientes de confiscados, haraganes, delincuentes, oportunistas y políticos siguieron conspirando conformando una legión extranjera paraguaya  en Buenos Aires, incorporándose al ejército de la triple entente que provocó la guerra de exterminio contra el Paraguay (1865/1870). En verdad fue una Cuádruple Entente.

         Ese genocidio perpetrado un cuarto de siglo después de la desaparición física del supremo, causa hasta hoy una automática repulsa visto que se conocen comprobadamente que los vecinos colindantes solo esperaban la época oportuna-tiempo y circunstancias-para comenzar la operación de exterminio del Paraguay (acuerdo secreto de la Triple Alianza). Fue en vano el intento de negociar honrada y patrióticamente el fin de las hostilidades (Entrevista de Yatayty Corá 1868). Bartolomé Mitre, el Generalísimo. De los ejércitos aliados quien había sostenido en Buenos Aires que en cinco meses sitiarían Asunción, desestimó un convenio con el Mcal

 López al que sólo pudieron asesinar en Marzo de 1870, masacrando al 90% de la población en un quinquenio.

         Afloraba así el verdadero propósito de esta hecatombe sudamericana; el objetivo era destruir la soberanía paraguaya tan substancialmente apoyada por el pueblo guaraní. Esa cruel verdad que se quiso disfrazarla con la cínica frase inglesa-mitrista de que la “guerra no era contra el Paraguay solo era contra el tirano López”.

         La relación comparativa de los hechos, antes, durante y después del largo gobierno de Francia nos induce a exponer la teoría de que la guerra fue verdaderamente  ejecutada para acabar con el país Francista y fundamentalmente con el pensamiento y cultura del Paraguay de entonces.

         El modelo de Francia: hacer del Paraguay un territorio independiente de las metrópolis dominantes fue un aviso que tuvo suficiente eco en los imperios hispanos, británicos y sus seguidores de países colindantes.

         Los aliados convenidos en destruir al Paraguay debieron aguardar un cuarto de siglo para accionar bélicamente contra el Paraguay. Es que a la muerte del Supremo (1840) le sucedió un Consulado que si bien reabrió las fronteras o mejor redujo las exigencias para acceder al país, también prosiguió con firmeza, severidad y autoridaddad la tarea de gobernar y consolidar el ascenso de un país ya convertido en sólida nación, cuya identidad no exhibía grietas incorregibles.

         Luego del horrendo holocausto, el Paraguay (1865/1870) territorialmente perdió más de la mitad de sus dominios claros hasta entonces, o sea unos 700 mil Km.2. El Laudo (1878) del Presidente Rutherford Hayes canceló las pretensiones porteñas de quedarse con las tierras al norte del Río Pilcomayo.

         Medio siglo después (1932/1935) la increíble pero cierta guerra del petróleo entre Paraguay y Bolivia, reúne dos fenómenos de resurgimiento, pertenecencia y solidaridad continental. En el norte, en la metrópolis mercantil, petrolera e imperialista, en la propia Washington, un Senador, Mr.Long, reclama detener la guerra entre dos pueblos vecinos y amigos.

Denuncia y exige el legislador ontinental. En el norte, en la metrуpolis mercantil, petrolera e imperialista, en la propia Washignton, un senador, Mr. Long, reclama detener la inea los poderosos señores de la Standard Oil Co.; Lo acallaron al Senador solidario y solitario; fue asesinado en vía pública dentro de su periodo de críticas.

En tanto, como decíamos, las tropas paraguayas, campesinas en su mayoría, se animaban a retomar y rebasar líneas adversarias al ritmo y vigor del slogan “ñande ybyre irungüera”  cuya brevedad no amenguaba, sino que destacaba toda una política de distribución, uso, impuestos y propiedad (enfiteusis) de la tierra concedídaseles a sus antepasados durante el período francista. La traducción literal del slogan guarani dice  nada menos “por nuestra tierra compañeros”!!!. Al campesino paraguayo de 1930 no se le olvidaba que el “Doctor” les había entregado tierras a sus antepadados con su decreto personal y verbal “ko yby nde mba’e he hechukáramo rembaapo jha jhese” frase guaraní que traducida decretaba algo así cómo “esta tierra es tuya para siempre si demuestras que la trabajas y atiendes bien”.

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