lunes, 22 de septiembre de 2008

Él, el Supremo (cuarta entrega)

Como decíamos, un pequeсo descuido, una tolerancia indebida, apenas dos meses despues (setiembre) puso a la incipiente nación al borde de la anarquía y de la ingobernabilidad. La brillante mente del Dr. Francia repuso las cosas en su lugar destacando la supremacía del Poder civil por sobre cualquier otro poder y sobre todo el Militar que nunca debe trasvasar el estado de subordinación.

         “Los seсores Oficiales del Cuartel, sólos, no son el Pueblo...”así ya les he manifestado anteriormente a ellos mismos” decía el Supremo y proseguía “....ellos son militares creados, nombrados y pagados por la Junta de Gobierno de la Provincia y deben ser los primeros en dar ejemplo de subordinación y fidelidad...” y remataba sabiamente aseverando que “...la libertad ni cosa alguna puede subsistir sin orden, sin reglas, sin unidad y sin concierto. En toda sociedad debe haber una jerarquía, en que cada uno se contenga, sin salir de la esfera y facultades que le seсalen su puerto y lugar que está destinado....” y rubricaba con la claridad del gobernante férreo y visionario ya insinuado fuertemente que “ellos, los militares....deberán contenerse y reducirse a una exacta subordinaciуn, cual exigen la tranquilidad, la unión, el buen regimen y defensa de la Provincia”.

         Esa firmeza y visión de los desempeсos facultativos de lo que era ya el embrión de la próspera y apacible nación paraguaya, fue confirmada en sus primeros cimientos legales y diplomáticos al sgte. mes (octubre/1811) cuando los plenipotenciarios de la Junta de Bs. As. arribaron a Asunción. Ellos fueron el Gral. Manuel Belgrano y el Dr. Vicente Anastasio de Echavarría. Los representantes de ambas Provincias suscribieron el Tratado del 12 de octubre de 1811 cuyo Art. 5º reza: “Queda reconocida la independencia de la provincia del Paraguay de la de Bs. As.”.

         La cautelosidad y recelos del Dr. Francia respecto de los cuidados y defensa de la autonomía de la aplicación de la política interna facultada al Poder Civil, así como el logro de la independencia de la todavía Provincia basamentada en su autodeterminación, indican de su habilidad y rapidez para tejer sobre urdimbres bien seguras el respeto hacia la mediterránea tierra guaraní y su gobierno.       

         Desde el genocidio paraguayo (1865-70), una permanente involución socio-económica y política claramente  somete fuertemente al país.

         Si el desplome económico toca y se introduce hoy profundamente en el caracú de la miserabilidad, no va rezagado el ominoso puñal que hiere y tronza la antigua dignidad y moral de los hogares paraguayos.

         Es que el mboriajhú róguatá porá además de significar literalmente la buena alimentación y nutrición del pobre describe esencialmente la preeminencia de hondas raigambres morales basadas y gozadas en una breve pero próspera era (1811-1870) de la nación guaraní, cuyos integrantes no sufrieron hambre ni falta de justicia.

         Fue, aquella época, donde por única y última vez primaron continuamente las leyes por sobre todas las cuestiones surgidas de las relaciones entre la sociedad civil y el Estado.

         La igualdad ante la Ley y ante las oportunidades, más las posturas irreversibles de defensa de la soberanía de la naciente República del Paraguay fueron los ejes gravitantes -entre otros- de la supremacía regional paraguaya.

         Nunca se descartó la relación con el exterior. Se debía vender para poder comprar. El celo de la autodefensa nacional no desestimó los conocimientos provenientes de afuera. Siempre, es cierto, que fuera aprovechable para el fortalecimiento de las políticas estatales y de la sociedad.

         Es que el Supremo se surte y se nutre de antiguas y contemporбneas sabidurнas. Admirador del esquema y contenido de los gobiernos de Roma Imperial, de los enciclopedistas franceses y de algunos de sus ilustres componentes tal como Rosseau, Robespierre y otros, de Manco Capac (el “Inca” Condorcanqui), de su antecesor criollo José de Antequera y Castro el que inició la rebelión de las Comunas continentales sosteniendo que la Soberanía era derecho y facultad del pueblo y no del Rey. Francia fue un universalista porque tampoco olvidó sino que lo tuvo como ejemplo al digno y valiente, digamos que compatriota, Cacique Lambaré, el que tres centurias atrás enrostró así a un conquistador español que con sus tropas hollaba su terreno “...quien eres tú que habla tan raro idioma y que vistes ropas tan inapropiada para tiempo, terreno y clima, que quieres imponernos en nombre de un Rey que no conocemos, constumbres y usos tan distintos a nuestra forma de ser y en nuestra propia tierra?” 

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